excedente de trabajo en proporción a su coste de mantenimiento. En una palabra, los inversores y gestores comerciales de Occidente parecen haber hallado en China un filón de mano de obra infinitamente más rico que cualquiera de los depósitos de oro y otros minerales que han guiado la empresa imperial en África y en otros lugares; parece tan enorme y tan expansible que abre la posibilidad de elevar a poblaciones blancas enteras de Occidente a la posición de «caballeros independientes», que viven, al igual que los pequeños asentamientos blancos en la India o en Sudáfrica, del esfuerzo manual de estos laboriosos inferiores. Para una explotación parasitaria de tal magnitud, los grupos de empresarios rivales que empujan a sus respectivos gobiernos podrían incluso atemperar su competencia y cooperar en las medidas enérgicas necesarias para poner en marcha su proyecto. Una vez cercada China con una red de ferrocarriles y servicios de vapor, la dimensión del mercado laboral al que se pretende acceder es tan colosal que bien podría absorber en su desarrollo todo el capital disponible y la energía empresarial que los países europeos avanzados y los Estados Unidos puedan aportar durante generaciones. Semejante experimento puede revolucionar los métodos del imperialismo; la presión de los movimientos de la clase trabajadora en la política y la industria de Occidente podrá ser contrarrestada mediante una avalancha de productos chinos que mantenga bajos los salarios y discipline a la industria, o bien, allí donde el poder de la oligarquía imperialista esté firmemente consolidado, mediante la amenaza de trabajadores amarillos o de tropas mercenarias amarillas, al tiempo que la colaboración en este enorme desarrollo oriental puede implicar un entendimiento entre los grupos de políticos de negocios en los Estados occidentales lo suficientemente estrecho y sólido como para garantizar la paz internacional en Europa y cierta relajación del militarismo.
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El imperialismo, un estudio
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