La mezcla de fuerzas interesadas y fuertes con fuerzas desinteresadas y débiles es, en verdad, característica de la época. Es el homenaje que el imperialismo rinde a la humanidad. Pero así como la mezcla conocida como «filantropía al 5 por ciento» despierta desconfianza en el mundo de los negocios ordinario, en la política más amplia de las naciones esa misma combinación resulta sospechosa por derecho propio.
Cuando los negocios se unen a la benevolencia, por lo común se le permite a los primeros determinar la dirección y marcar el ritmo. Sin duda, dice algo a favor de la sensibilidad moral de una nación que un rumbo lucrativo se vuelva más atractivo mediante una tintura de desinterés. Pero la teoría y la práctica en la historia moderna rayan tan de cerca en la hipocresía que no puede sorprendernos que los extranjeros hostiles apliquen ese término.
¿Qué podemos decir, por ejemplo, de la siguiente descripción franca del imperialismo por parte de Sir George Baden-Powell?
«La unidad última, el contribuyente —ya sea de la metrópoli o de las colonias—, espera dos grupos de resultados como recompensa. Por un lado, espera ver el cristianismo y la civilización extendidos pro tanto; y, por otro, ver algún desarrollo compensatorio de la industria y el comercio. A menos que él, o “sus servidores el Gobierno”, aseguren uno o ambos resultados, debe plantearse claramente la pregunta: ¿Tiene el derecho, y actúa rectamente, al librar tales guerras?» [57]
¿Cuál es el modo de equiparar los dos grupos de resultados? ¿Cuánto equilibran el cristianismo y la civilización a cuánta industria y comercio? Son preguntas curiosas que parecen requerir una respuesta.
¿No es probable que la unidad última, en su calidad de contribuyente, ponga más énfasis en el activo que admite una medición momentánea y devalúe el que evade la aritmética?