los conflictos de los pueblos occidentales, pueda aprender el arte de la combinación, y que el poder del capitalismo internacional, que ha ido creciendo con rapidez, realice su gran experimento crucial en la explotación de China. La fuerza motriz del imperialismo competidor de las naciones occidentales se ha atribuido a los intereses de ciertos pequeños grupos financieros e industriales dentro de cada nación, que usurpando el poder de la nación emplean la fuerza y el dinero públicos para sus fines comerciales privados. En la etapa anterior de desarrollo, donde la agrupación de estas fuerzas sigue siendo marcadamente nacional, esta política propicia guerras en pos de mercados «nacionales» para inversiones y comercio. Pero la ciencia moderna del militarismo hace que las guerras entre potencias «civilizadas» sean demasiado costosas, y el rápido crecimiento de un internacionalismo efectivo entre los magnates financieros y de la gran industria, que parecen destinados a controlar cada vez más la política nacional, puede hacer que en el futuro tales guerras sean imposibles. El militarismo puede perdurar mucho tiempo, ya que este, como se ha demostrado, resulta útil de muchas maneras para el sostenimiento de una plutocracia. Su gasto proporciona un apoyo lucrativo a ciertos intereses creados sólidos, es un elemento decorativo en la vida social y, sobre todo, es necesario para contener la presión de las fuerzas de reforma interna. En todas partes, el poder del capital en sus formas más concentradas está mejor organizado que el poder del trabajo y ha alcanzado una etapa más avanzada en su desarrollo; mientras el trabajo ha hablado de cooperación internacional, el capital la ha estado logrando. Por lo tanto, en lo que respecta a los mayores intereses financieros y comerciales, parece muy probable que la próxima generación presencie una unión internacional tan poderosa que haga que las guerras entre las naciones occidentales sean casi imposibles.
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El imperialismo, un estudio
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