La noción de que un gran resultado de la guerra sudafricana ha sido generar un amplio fondo de sentimiento colonial que afectará materialmente las relaciones de las colonias con la Gran Bretaña es una amable ilusión basada en una psicología infantil.
Si bien la manifestación de sentimiento ha sido genuina, también lo ha sido el descubrimiento de los peligros de la metrópoli que han hecho que la asistencia colonial sea tan bienvenida y se valore tan altamente que los estadistas imperiales intentan cambiar el rumbo del desarrollo colonial por medio de ella.
La reflexión, que sigue a todo estallido de sentimiento, no puede dejar de detenerse en la naturaleza del peligro que acecha a un imperio tan vasto, tan heterogéneo y tan disperso como el Imperio británico. Cuando el encanto de la guerra se haya disipado y la historia revele algunos de los crudos hechos de este sangriento asunto que se han ocultado tan cuidadosamente a los pueblos de Australia, Nueva Zelanda y Canadá, su entusiasmo por la causa disminuirá: en el futuro desconfiarán más de cuestiones cuyo carácter y magnitud les han sido tergiversados tan gravemente por el Gobierno imperial. [33] Pero el descubrimiento que probablemente pese más en las democracias coloniales son los bienes insustanciales del nuevo imperialismo. Una cosa es entrar en una federación de Estados libres y autogobernados en pie de