general, con la misma intensidad, acerca de la capacidad, el destino y los derechos de su propia nación. Estos sentimientos han pasado, tal vez, a ocupar un primer plano en nuestra conciencia nacional con mayor claridad que en el caso de cualquier otra nación, pero los acontecimientos están educando con rapidez esas mismas aspiraciones imperiales en todos nuestros principales competidores industriales y políticos.
“En nuestros propios días, Víctor Hugo declara a Francia «la salvadora de las naciones», y prorrumpe: «Non, France, l’univers a besoin que tu vives! Je le redis, la France est un besoin des hommes». Villari, haciéndose eco del ilustre Gioberti, reclama para Italia la primacía entre las naciones. El Káiser dice a su pueblo: «El viejo y buen Dios siempre ha estado de nuestro lado». M. Podyedonostseff señala la libertad de Rusia respecto a los tópicos de una civilización decadente, y confía en el estirpe eslava, joven y vigorosa, como la heredera universal de los tesoros y conquistas del pasado. Los americanos no confían menos que en los días de Martin Chuzzlewit en que su misión es «dirigir este globo»”. [47]
Tampoco se trata de sentimientos estériles; en varias partes del mundo están inspirando a jóvenes soldados, políticos y misioneros a orientar de manera práctica los recursos de Francia, Alemania, Italia, Rusia y los Estados Unidos hacia la expansión territorial.
Nos encontramos ahora en condiciones de reexpresar y poner a prueba la base científica del imperialismo considerado como una política mundial. > El mantenimiento de una lucha militar e industrial por la vida y la riqueza entre las naciones es deseable con el fin de avivar el vigor y la eficiencia social de los diversos competidores, y proporcionar así un proceso natural de selección que otorgue un control cada vez mayor e más intenso sobre el gobierno y la explotación económica