conversos, constituyeron un factor pacífico en la civilización del gran Imperio de Oriente. Pero la introducción en el siglo XIX de la competencia nacional y sectaria en la empresa misionera —utilizando cada misión libremente los recursos diplomáticos e incluso militares de algún Estado europeo para su defensa o propagación— ha inhibido el juego de las fuerzas espirituales, generando sospechas que, más que fundadas, han transformado la receptividad inicial en un temple de hostilidad fanática.
«Debe de ser muy difícil», escribe un chino culto, «para los mandarines disociar a los misioneros del poder secular, cuyos barcos de cañón parecen siempre dispuestos a aparecer en nombre de sus respectivos Gobiernos... Los chinos han observado con mucha preocupación la secuencia de los acontecimientos: primero el misionero, luego el cónsul y, por último, el ejército invasor. Apenas habían olvidado la pérdida de Annam de este modo cuando la acción alemana en Shan-tung causó una profunda impresión en todas las clases de los literati.»
«No nos puede extrañar que los funcionarios chinos odien a los misioneros. Su Iglesia es un imperium in imperio, que propaga una fe extraña y aleja al pueblo de la de sus antepasados. Los misioneros no están sujetos a las leyes chinas y, en algunos casos, han actuado de manera autoritaria en la protección de sus conventos. En esto radica uno de los secretos del misterioso odio que se abrige hacia “los amigos de China”, como se llaman a sí mismos los misioneros.» [61]
Cuán perjudicial para la causa “cuyo reino no es de este mundo” resulta esta alianza con la política y los armamentos podría parecer demasiado obvia como para debatirla. Sin embargo, es bastante evidente que hombres sinceros están dispuestos a apoyar el uso de la fuerza política y militar con el fin de abrir campos para la empresa misionera, y que el misionero, que es a su vez comerciante, soldado y político, parece un instrumento de civilización de lo más deseable.