encontrar consumidores para sus productos: un hecho del que dan testimonio el crecimiento prodigioso de las clases de agentes e intermediarios, la multiplicación de todo tipo de publicidad y el aumento general de las clases de distribución. Bajo una economía sana, la presión se invertiría: las crecientes necesidades de las sociedades progresistas serían un estímulo constante para las energías inventivas y operativas de los productores, y ejercerían una tensión constante sobre las capacidades de producción. El exceso simultáneo de todos los factores de producción, de lo cual dan testimonio los períodos de depresión comercial que se repiten con frecuencia, es una muestra dramática de la falsa economía de la distribución. No implica un mero cálculo erróneo en la aplicación del poder productivo, ni un breve exceso temporal de ese poder; manifiesta de forma aguda un desperdicio económico que es crónico y general en todas las naciones industriales avanzadas, un desperdicio contenido en el divorcio entre el deseo de consumir y el poder de consumir.
Si la distribución de la renta fuera tal que no provocara un ahorro excesivo, en el país se proporcionaría un pleno y constante empleo para el capital y el trabajo.
Esto, por supuesto, no implica que no hubiera comercio exterior. Los bienes que no pudieran producirse en el país, o producirse tan bien o tan baratos, seguirían comprándose mediante el proceso ordinario de intercambio internacional, pero también aquí la presión sería la presión saludable del consumidor ansioso por comprar en el extranjero lo que no podía comprar en el país, y no la urgencia ciega del productor por utilizar todas las fuerzas o ardides del comercio o de la política para encontrar mercados para sus productos «excedentarios».
La lucha por los mercados, el mayor afán de los productores por vender que de los consumidores por comprar, es la prueba definitiva de una falsa economía de la distribución.