son la obligación de la totalidad de los ciudadanos de prestar servicio militar y la experiencia de una invasión.
No nos corresponde decidir si remedios tan costosos son realmente eficaces o necesarios, pero resulta bastante evidente que la lujuria espectatorial del jingoísmo es un factor de máxima gravedad en el imperialismo.
La falsificación dramática, tanto de la guerra como de toda la política de expansión imperial necesaria para alimentar esta pasión popular, constituye una parte nada despreciable del arte de los verdaderos organizadores de las hazañas imperialistas: los pequeños grupos de hombres de negocios y políticos que saben lo que quieren y cómo conseguirlo.
Adornado con las glorias, reales o fingidas, del heroísmo militar y las magníficas pretensiones de la construcción de imperios, el chovinismo belicista se convierte en el núcleo de una suerte de patriotismo capaz de arrastrar a cualquier insensatez o a cualquier crimen.
IV
Donde este espíritu de dominación descarnada necesita más ropaje para las clases educadas de una nación, se tejen para su uso las decoraciones morales e intelectuales requeridas; la iglesia, la prensa, las escuelas y universidades, la maquinaria política, los cuatro instrumentos principales de la educación popular, se ponen a su servicio.
Del cristianismo musculoso de la generación pasada al cristianismo imperial de la actualidad no hay más que un solo paso; el temperamento del creciente sacerdotalismo y la doctrina de la autoridad en las iglesias establecidas concuerdan bien con el militarismo y la autocracia política. El Sr. Goldwin Smith ha observado acertadamente cómo «la fuerza es la aliada natural de la superstición, y la superstición lo sabe bien». [69]