Suponiendo que las artes del «progreso», o algunas de ellas, sean comunicables —hecho que difícilmente resulta discutible—, no puede existir un derecho natural inherente en una nación para rechazar esa medida de educación obligatoria que ha de elevarla de la infancia a la edad adulta en el orden de las nacionalidades.
La analogía que proporciona la educación de un niño es prima facie sólida, y no queda invalidada por los peligrosos abusos a los que se halla expuesta en la práctica.
El verdadero problema es el de las garantías, el de los móviles y el de los métodos.
¿Cuáles son las condiciones bajo las cuales una nación puede ayudar a desarrollar los recursos de otra, e incluso aplicar algún elemento de compulsión al hacerlo? La cuestión, por abstracta que suene, es con mucho la más importante de todas las cuestiones prácticas para esta generación.
Pues que tal desarrollo tendrá lugar, y tal compulsión, legítima o ilegítima, se ejercerá, cada vez más a lo largo de este nuevo siglo en muchas partes de este globo, está más allá de toda duda. Es el gran asunto práctico del siglo explorar y desarrollar, mediante cada método que la ciencia pueda idear, los recursos naturales y humanos ocultos del globo.
Que las naciones blancas occidentales abandonen una empresa en la que ya han avanzado tanto es una opinión que no merece consideración. Que este proceso de desarrollo pueda llevarse a cabo de tal manera que produzca un beneficio para la civilización mundial, en lugar de un terrible débâcle en el que razas de esclavos sublevados pisoteen a sus amos blancos, parásitos y degenerados, debería ser el objetivo supremo de una política científica con visión de futuro.