Mediante el funcionamiento ordinario de la competencia en los mercados europeos, el comercio de caucho que Francia realiza en el África Oriental ayuda a aumentar la oferta y a mantener bajo el precio del «caucho» para los consumidores ingleses, del mismo modo que las primas que los países continentales pagan a los productores de azúcar permiten a los niños y niñas británicos disfrutar de golosinas baratas.
No hay, por tanto, nada vagamente hipotético en estas ganancias indirectas. Todo hombre de negocios puede rastrear ciertas ventajas concretas en cuanto a bienes y precios que nos llegan a través del desarrollo de colonias por parte de países proteccionistas. La «puerta abierta» es una ventaja para nuestro comercio, pero no una necesidad. Si tenemos que gastar sumas cuantiosas e incurrir en riesgos enormes para mantener las «puertas abiertas» en contra de los deseos de nuestros mejores clientes, resulta más rentable dejar que cierren esas puertas y obtener nuestra ganancia mediante los procesos, más indirectos pero igualmente seguros, del comercio indirecto. En la actualidad, Gran Bretaña se encuentra en una posición más sólida que cualquier otra nación para poner en práctica esta política de abstinencia, debido a que posee en su transporte marítimo una garantía sumamente eficaz de que obtendrá una proporción adecuada de las ganancias netas procedentes de los nuevos mercados abiertos por las naciones extranjeras. Aunque no se dispone de estadísticas completas, se sabe que una proporción muy elevada del comercio —no solo entre Inglaterra y los países extranjeros, sino también entre los países extranjeros que comercian entre sí y con sus posesiones— se transporta en barcos británicos. Mientras esto continúe, Inglaterra, al margen de la parte que obtiene mediante el comercio indirecto, ha de participar de manera directa y muy importante en las ventajas comerciales de los mercados