ratio* que permanezca en un lejano segundo plano mientras el imperialismo colonial gestiona el negocio y se queda con los beneficios. Una federación sudafricana de Estados autónomos reclamará una carrera política propia y exigirá su propia marca de imperio, no la del Gobierno británico, en el control de las razas inferiores en Sudáfrica.
Un Estado federal de este tipo no solo desarrollará una política interna respecto a los territorios nativos diferente de la del imperialismo británico —quizá antagónica a ella—, sino que su posición como el Estado «predominante» de Sudáfrica desarrollará una ambición y un destino de expansión que podrán llevarlo a entrar en la política mundial por cuenta propia.
Australasia muestra asimismo indicios de un imperialismo propio. Recientemente se ha adueñado de Nueva Guinea, y algunos de sus hijos suspiran por las Nuevas Hébridas, muy dispuestos a incitar a Gran Bretaña a romper el control conjunto que ejerce sobre estas islas junto con Francia.
Si esta es