Ahora bien, tales arreglos políticos no alcanzan, en dos aspectos importantes, a esa confianza genuina en la civilización que es la única que podría otorgar validez moral a un control "civilizado" de los pueblos inferiores.
En primer lugar, su asignación de una esfera de interés o un protectorado a Inglaterra, a Alemania o a Rusia está determinada principalmente por algún interés particular y separado de ese país debido a su contigüidad u otra conveniencia privada, y no por una consideración imparcial de su competencia especial para la obra de la civilización.
Si, por ejemplo, las potencias europeas estuvieran realmente animadas por el deseo de extender la civilización occidental a China por su propio bien y el del mundo, podrían acometer esta tarea de manera más favorable promoviendo la influencia de Japón en lugar de insertar su propio occidentalismo ajeno. Pero nadie propone delegar en Japón esta "confianza"; cada nación piensa en sus propios intereses comerciales actuales y en su prestigio político.
En segundo lugar, la civilización de las razas inferiores, incluso según los criterios occidentales aceptados, no se adopta en ninguna parte como el verdadero fin del gobierno. Aun cuando se establezca y mantenga un buen orden político, como en Egipto o la India, su fin primario declarado, y su norma de éxito universalmente aceptada, son los beneficios económicos inmediatos que se le atribuyen. El gobierno político del país se dirige primordialmente en todas partes al desarrollo rápido, seguro y eficaz de los recursos nacionales, y a su explotación lucrativa mediante mano de obra nativa bajo dirección blanca. Se sostiene y se cree que este curso es beneficioso para los nativos, así como para el comercio de la Potencia dominante y del mundo en general.