Todo el argumento, sin embargo, se basa en una serie de ilusiones respecto a los hechos y tendencias reales.
No es verdad que el único objeto y resultado de la abolición de la guerra individual haya sido aumentar la eficiencia de la nación para la lucha física con otras naciones.
A medida que el hombre ha evolucionado de la barbarie hacia la civilización, la lucha por adaptar su entorno material y social a los fines de un mejor sustento y una vida superior ha tendido continuamente a reemplazar la lucha física por la tierra y los suministros de alimentos de otras naciones.
Este es precisamente el triunfo del cultivo intensivo sobre el extensivo: implica una creciente disposición a canalizar hacia las artes de la industria aquella energía que antes se destinaba a la guerra, y un éxito cada vez mayor en tal empresa.
Es la necesidad de una cooperación pacífica, constante y ordenada para este trabajo, como alternativa a la guerra, y no las necesidades de la guerra misma, lo que proporciona el motivo principal para una suspensión de las luchas intestinas, al menos en la mayoría de las sociedades. Esto es de una importancia fundamental para comprender la evolución social.
Si el fin único o principal de la suspensión de los conflictos individuales fuera fortalecer el poder puramente militar de una tribu o nación, y la ulterior evolución de la sociedad apuntara a este tipo de eficiencia social, bien podría ir acompañada de la decadencia de la libertad y la iniciativa individuales, del sacrificio de la individualidad en aras de una vida nacional. El hecho de que este resultado no se haya producido, de que en las naciones civilizadas modernas exista mucha más libertad, energía e iniciativa individuales que en las sociedades más primitivas, atestigua la