Pues el soborno mismo concebido para ganarlos para la federación es uno que acrecienta para ellos de manera enorme e incalculable los peligros de una nueva conexión con la que vinculan su suerte de forma irrevocable a la de Gran Bretaña. Un monopolio del mercado imperial para sus exportaciones puede resultar demasiado caro si elimina la mayor garantía de paz que posee Inglaterra, en un momento en que dicha garantía es más necesaria. Tampoco estas colonias compartirían únicamente el nuevo peligro de Inglaterra; sus propios aranceles discriminatorios generarían una directa animadversión hacia ellas por parte de los extranjeros, y las arrastrarían al vórtice de la política europea. Por último, al distorsionar el proceso más natural de selección comercial que, bajo aranceles impuestos por igual, ha venido incrementando en el pasado la proporción del comercio realizado por estas colonias con países extranjeros, y reduciendo la proporción efectuada con Gran Bretaña, las estaremos obligando a sustituir un comercio mejor por uno peor, un rumbo con el que saldrán gravemente perjudicadas a la larga.
No se puede comprender con demasiada claridad que, no solo la tendencia natural de desarrollo en nuestras colonias autónomas apunta hacia una disminución de su dependencia comercial de Gran Bretaña, sino que esa misma tendencia separatista comercial opera entre las colonias en sus relaciones mutuas.
Las colonias no encuentran que sus intereses residan en aumentar la proporción de sus intercambios comerciales entre sí. El profesor Flux, en su exhaustivo análisis de las estadísticas, llega a la siguiente conclusión:–
“En cuanto al comercio entre las colonias, el comercio intercolonial australiano, que hemos cifrado en 22.500.000 £ para 1892-96, oscilaba tan solo entre los 7.000.000 £ y los 8.000.000 £ en la fecha anterior aquí