libertad de aquellos a quienes reprime, es aplicable también a la sociedad más amplia de las naciones. Sin forzar indebidamente la analogía entre individuo y nación como organismos, puede afirmarse con seguridad que la injerencia imperial en una “raza inferior” debe justificarse demostrando que actúa en pro del bien real de la raza súbdita. El Sr. Chamberlain no es un sentimentalista, y su declaración puede clasificarse como un locus classicus sobre este asunto. «Nuestro dominio sobre los territorios [nativos] sólo puede justificarse si podemos demostrar que aumenta la felicidad y la prosperidad del pueblo».
La defensa moral del Imperialismo se basa generalmente en la afirmación de que, de hecho, estas dos condiciones se cumplen, a saber: que el control político y económico asumido a la fuerza —por parte de «razas superiores» sobre «razas inferiores»— fomenta al mismo tiempo la civilización del mundo y el bien particular de las razas sometidas. La