El millonario que dota a Oxford no compra a sus hombres de ciencia de manera descarada, ni siquiera necesita estipular lo que debe enseñarse. Pero la presión práctica del imperialismo es tal que, cuando se realiza un nombramiento profesional en el ámbito de la historia, resulta cada vez más difícil que un erudito con la perspectiva intelectual de un John Morley, un Frederick Harrison o un Goldwin Smith consiga ser elegido, o que un economista político con firmes opiniones sobre la necesidad de controlar el capital sea elegido para una cátedra de economía. No se necesitan exámenes formales; el instinto de autoconservación financiera bastará. El precio que pagan las universidades por anteponer el dinero y la posición social a la distinción intelectual en la elección de sus rectores y por mendigar entre los millonarios para equipar nuevas escuelas científicas es esta servidumbre a los intereses políticos y comerciales de sus mecenas: su filosofía, su historia, su economía, incluso su biología deben reflejar en doctrina y método la consideración debida al mecenazgo, y el hecho de que esta deferencia sea inconsciente acrecienta el daño infligido a la causa de la libertad intelectual.
Así es como las fuerzas industriales y financieras del Imperialismo, operando a través del partido, la prensa, la iglesia y la escuela, moldean la opinión pública y la política pública mediante la falsa idealización de aquellos instintos primitivos de lucha, dominación y adquisitividad que han sobrevivido a lo largo de las eras de orden industrial pacífico y cuya estimulación se necesita una vez más para la labor de agresión imperial, expansión y explotación forzosa de las razas inferiores.
Para estos políticos de negocios, la biología y la sociología tejen teorías frágiles y convenientes sobre una lucha de razas para la subyugación de los pueblos inferiores, a fin de que nosotros, los anglosajones, podamos tomar sus tierras y vivir de su trabajo; mientras que la economía respalda