No presento, por supuesto, esta perversión como algo destructivo para la labor educativa de los colegios universitarios: los servicios prestados en defensa del «conservatismo» pueden incluso considerarse en la mayoría de los casos como fortuitos; tal vez solo en la filosofía y la economía el sesgo sea poderoso y omnipresente, y aun ahí la individualidad de naturalezas fuertes e independientes puede corregirlo.
Además, es innecesario acusar de deshonestidad a los profesores, quienes por lo lo general piensan y enseñan de acuerdo con lo mejor que llevan dentro. Pero la enseñanza real no deja de ser seleccionada y controlada, allí donde se considera útil emplear las artes de la selección y el control, por los intereses comerciales que influyen en los intereses académicos creados.
Nadie puede seguir la historia de la teoría política y económica durante el último siglo sin reconocer que la selección y el rechazo de ideas, hipótesis y fórmulas, su moldeado en escuelas o tendencias de pensamiento, y su propagación en el mundo intelectual, han estado claramente dirigidos por la presión de los intereses de clase.
En la economía política, como bien podríamos sospechar debido a su estrecha relación con los negocios y la política, encontramos el ejemplo más incontestable. La economía «clásica» en Inglaterra fue la formulación apenas disimulada de los intereses mercantiles y manufactureros en distinción y oposición al interés de los terratenientes, por un lado, y al interés de los trabajadores, por el otro, evocando en años posteriores otras economías de clase de «protección» y de «socialismo» tejidas de manera similar a partir de intereses sectoriales.
Los verdaderos determinantes en la educación se dan en estas tres preguntas: > «¿Quién enseñará? ¿Qué enseñarán? ¿Cómo