fuerzas de interés propio, actual o futuro, operan para inducir a Gran Bretaña y a sus grupos coloniales a invertir el proceso centrífugo que hasta ahora ha predominado?». Ahora bien, existen muchas razones para que Gran Bretaña desee una federación política con sus colonias autónomas, incluso bajo términos que les otorguen una voz proporcional a su población en un Parlamento u otro consejo encargado del control de los asuntos imperiales, siempre que se puedan superar las graves dificultades que entraña el establecimiento de un órgano de gobierno representativo y responsable de este tipo. La superioridad numérica de la población británica sobre la colonial permitiría a la metrópoli imponer su voluntad en caso de surgir cualquier conflicto de intereses o de criterio en el que existiera una marcada línea de división entre Gran Bretaña y las colonias: la distribución de las cargas imperiales y la asignación de la asistencia imperial serían determinadas por Gran Bretaña. Si las colonias de la Corona y otras partes del Imperio sin autonomía estuvieran representadas en el consejo imperial, la supremacía real de la metrópoli sería aún mayor, ya que estos representantes, ya fueran designados por la Corona (el proceder más acorde con el gobierno de las colonias de la Corona) o elegidos mediante un sufragio restringido de una pequeña oligarquía blanca, tendrían poco en común con los representantes de las colonias autónomas y serían inevitablemente más propensos a ceder ante la presión del Gobierno nacional. Uno de los principales objetivos declarados de la federación imperial es asegurar por parte de las colonias una proporción justa de hombres, barcos y dinero para la defensa imperial, así como para aquellas empresas expansionistas que en sus inicios casi siempre se catalogan como medidas de defensa. La base financiera actual de la defensa imperial es una que, a primera vista, parece de lo más injusta; a Gran Bretaña se le exige sufragar
Table of Contents
El imperialismo, un estudio
433