Si hemos de retener todo lo que hemos tomado desde 1870 y competir con las nuevas naciones industriales en la posterior partición de imperios o esferas de influencia en África y Asia, debemos estar preparados para luchar.
La enemistad de los imperios rivales, abiertamente manifestada a lo largo de la guerra sudafricana, se debe, como es reconocido, a la política mediante la cual nos hemos adelantado, y seguimos buscando adelantarnos, a dichos rivales en la anexión de territorio y de mercados en todo el mundo.
La teoría de que podemos vernos obligados a luchar por la existencia misma de nuestro Imperio contra alguna combinación de potencias europeas, que ahora se utiliza para aterrorizar a la nación hacia una inversión definitiva e irremediable de nuestra política militar y comercial, no significa otra cosa que la intención de los intereses imperialistas de continuar la alocada carrera de anexión.
En 1896, Lord Rosebery ofreció una vívida descripción de la política de las últimas dos décadas y presentó una enérgica defensa de la paz.
“El Imperio británico... necesita paz. Durante los últimos veinte años, más aún durante los últimos doce, habéis puesto vuestras manos, con un afán casi frenético, sobre cada extensión de territorio adyacente al vuestro o deseable desde cualquier otro punto de vista que hayáis considerado oportuno adoptar. Eso ha tenido dos resultados. Me atrevo a decir que ha estado muy bien, pero ha tenido dos resultados.
El primer resultado es este: que habéis excitado hasta un grado casi intolerable la envidia de otras naciones colonizadoras (¡sic!), y que, en el caso de muchos países, o más bien de varios países que antes os eran amistosos, podéis contar —como consecuencia de vuestra política colonial, ya sea justa o injusta— no con su benevolencia activa, sino con su malevolencia activa.