Ahora bien, el menosprecio por la historia y la negligencia de las leyes sociológicas que esto implica no me preocupan tanto aquí como la reacción perjudicial que se produce en la mente del ciudadano ante algún nuevo acontecimiento que pone a prueba su juicio.
Nuestra política tosca y expeditiva, improvisada y del «agarra lo que puedas», ha paralizado el juicio al cojear la facultad lógica de la comparación.
Como no se nos exige darnos a nosotros mismos ni a los demás razones claras y coherentes para nuestras conveniencias públicas a corto plazo, hemos perdido todo hábito de coherencia mental; o, dicho a la inversa, hemos desarrollado una aptitud curiosa y sumamente peligrosa para albergar ideas y motivos incompatibles y a menudo contradictorios entre sí.
Uno o dos casos concretos y extremos servirán de ejemplo del daño causado a la inteligencia pública por la ausencia de todo sentido de orden lógico claro en la conducción de los asuntos.
Al comienzo de la guerra de Sudáfrica, la insignificancia numérica de los bóeres fue considerada como una agravante de su insolencia al entablar un conflicto con el mayor Imperio del mundo. Pero la pequeñez numérica no interfirió en lo más mínimo con la creencia y el sentimiento, igualmente genuinos, de que estábamos luchando contra una potencia tan grande en número como nosotros mismos, los cuales eran necesarios para sostener el sentimiento de triunfo cuando obteníamos una victoria, o para amortiguar el filo de la vergüenza cuando nuestro diminuto adversario nos infligía una derrota.