mercados nacionales, pueden emplear toda su capacidad productiva, destinando sus ahorros a aumentar su capital comercial y, al tiempo que siguen regulando la producción y los precios para el mercado interno, pueden «empujar» en busca de mercados extranjeros, colocándose sus excedentes a precios que no serian posibles de no ser por la naturaleza lucrativa de su mercado nacional.
Del mismo modo, podrán emplear sus ahorros en buscar inversiones fuera de su país, pagando primero el capital tomado en préstamo de la Gran Bretaña y otros países para el desarrollo inicial de sus ferrocarriles, minas y manufacturas, y convirtiéndose después ellos mismos en una clase acreedora para los países extranjeros.
Es esta repentina demanda de mercados extranjeros para productos manufacturados y para inversiones la que es declaradamente responsable de la adopción del Imperialismo como política y práctica política por parte del partido Republicano, al cual pertenecen los grandes jefes industriales y financieros, y el cual les pertenece a ellos.
El entusiasmo aventurero del presidente Roosevelt y de su partido del «destino manifiesto» y de la «misión de civilización» no deben engañarnos. Son los señores Rockefeller, Pierpont Morgan, Hanna, Schwab y sus asociados quienes necesitan el Imperialismo y quienes se lo están imponiendo sobre los hombros a la gran República de Occidente.
Necesitan el Imperialismo porque desean utilizar los recursos públicos de su país para encontrar una colocación rentable para el capital que, de otro modo, sería superfluo.
No es en verdad necesario poseer un país para comerciar con él o para invertir capital en él, y sin duda los Estados Unidos pueden encontrar cierta salida para sus excedentes de mercancías y de capital en los países europeos.