intereses en la política colonial que difieren y, en algunos casos, se antagonizan con los de la nación británica en su conjunto; es igualmente evidente que pueden ejercer una presión organizada sobre el Gobierno británico en favor de sus intereses privados, la cual estará dotada de una eficacia acrecentada bajo las condiciones más igualitarias de una federación imperial.
Puede dudarse, sin embargo, de que el soborno de un arancel preferencial, o de un imperialismo delegado, o de ambos, sea suficiente para integrar a las colonias autónomas en una federación política formal más estrecha con la Gran Bretaña.
Aún más dudosa sería su permanencia indefinida en tal federación. Es al menos concebible que las democracias coloniales sean lo suficientemente fuertes y sensatas como para resistir la tentación del imperialismo colonial, cuando perciban las peligrosas reacciones de tal rumbo.
Aun si se les indujera a aprovechar los amplios recursos del Imperio para impulsar su política imperial local, estarían dispuestas, tanto en Australia como en Sudáfrica, a escindirse de dicha federación una vez que hubieran obtenido de ella las ventajas que pudiera rendirles, y se sintieran lo suficientemente fuertes para fundar un imperio independiente propio.