para sus ingresos corrientes, o de alguna extorsión forzosa repentina en forma de indemnización de guerra u otra penalización pública. Es un objetivo directo de las finanzas imperialistas crear más deudas, del mismo modo que es objetivo del prestamista privado empujar a sus clientes a dificultades pecuniarias para que tengan que recurrir a él.
El análisis de las inversiones extranjeras muestra que las deudas públicas o garantizadas por el Estado están en gran parte en manos de inversionistas y financistas de otras naciones; y la historia reciente muestra, en los casos de Egipto, Turquía, China, la mano del tenedor de bonos, y del tenedor potencial de bonos, en la política.
Este método de financiación no solo es rentable en el caso de las naciones extranjeras, donde constituye un instrumento principal o un pretexto para la usurpación.
A las clases financieras les resulta útil tener una gran deuda nacional propia. La emisión de dichos empréstitos públicos y la negociación con ellos constituyen un negocio lucrativo y son un medio para ejercer influencias políticas importantes en coyunturas críticas. Donde el capital flotante tiende constantemente al exceso, las deudas adicionales son útiles como un sistema de drenaje financiero.
El imperialismo, con sus guerras y sus armamentos, es innegablemente responsable del creciente endeudamiento de las naciones continentales y, si bien la próspera industria sin par de Gran Bretaña y el aislamiento de los Estados Unidos han permitido a estas grandes naciones escapar de esta ruinosa competencia durante las últimas décadas, el período de su inmunidad ha terminado; ambas, comprometidas al parecer con un imperialismo sin límites, sucumbirán cada vez más ante las clases prestamistas disfrazadas de imperialistas y patriotas.