Si, como parece posible, las civilizadas naciones blancas, sacudiéndose gradualmente el yugo de los gobiernos de clase cuyos intereses propician la guerra y la expansión territorial, restringen su crecimiento demográfico impidiendo la reproducción de los malos linajes, mientras consagran sus energías a utilizar sus recursos naturales, los motivos de conflicto internacional menguarán, y los motivos solidarios del comercio y el trato amistoso mantendrán una paz permanente sobre la base de una unión internacional.
Una economía nacional de este tipo no solo destruiría los motivos principales de la guerra, sino que modificaría profundamente la lucha industrial en la que se embarcan los gobiernos.
Las democracias principalmente preocupadas por desarrollar sus propios mercados no necesitarían gastar hombres y dinero luchando por la oportunidad de conseguir mercados extranjeros inferiores y menos estables.
La rivalidad que subsistiera no sería la rivalidad de naciones, sino de fabricantes y comerciantes individuales dentro de la nación; el aspecto nacional de la guerra industrial, mediante aranceles, primas y tratados comerciales, desaparecería.
Pues los peligros y las hostilidades de las políticas comerciales nacionales se deben, como hemos visto, casi enteramente a la usurpación de la autoridad y los recursos políticos de las naciones por parte de ciertos intereses comerciales y financieros.
Deponed a estos intereses, y las profundas, verdaderas y subyacentes armonías de intereses entre los pueblos —que los profetas del libre cambio vislumbraron tenuemente— se manifestarán, y la necesidad de una guerra industrial permanente entre las naciones será reconocida como una ilusión análoga en naturaleza y origen a la ilusión de la necesidad biológica de la guerra.