Pero estos países son en su mayor parte capaces de proveer por sí mismos: la mayoría de ellos han erigido aranceles contra las importaciones manufactureras, e incluso se insta a la Gran Bretaña a defenderse recurriendo al proteccionismo. Los grandes fabricantes y financieros estadounidenses se verán obligados a buscar en China, el Pacífico y América del Sur sus oportunidades más lucrativas; proteccionistas por principio y por práctica, insistirán en conseguir un monopolio de estos mercados tan cerrado como puedan asegurar, y la competencia de Alemania, Inglaterra y otras naciones comerciales los impulsará a establecer relaciones políticas especiales con los mercados que más valoran. Cuba, Filipinas y Hawái no son sino el hors d’œuvre para abrir el apetito de un banquete más amplio. Además, el poderoso control sobre la política que poseen estos magnates industriales y financieros constituye un estímulo independiente que, como hemos demostrado, opera en la Gran Bretaña y en otros lugares; el gasto público en la búsqueda de una carrera imperial será una inmensa fuente adicional de ganancia para estos hombres, en calidad de financieros que negocian empréstitos, constructores y armadores de buques que gestionan subsidios, contratistas y fabricantes de armamentos y otros artefactos imperialistas.
La brusquedad de esta revolución política se debe a la rápida manifestación de la necesidad. Durante un período de diez años, Estados Unidos ha casi triplicado el valor de su comercio de exportación manufacturera y, si el ritmo de progreso de los últimos años continúa, dentro de esta década superará a nuestro comercio de exportación, que avanza más lentamente, y ocupará el primer puesto en la lista de naciones exportadoras de manufacturas. [23]
Esta es la ambición declarada, y no vana, de los hombres de negocios más astutos de Estados Unidos; y con los recursos naturales, la mano de obra