India se le hace mantener un ejército que se reconoce excesivo para fines de autodefensa, e incluso soportar el coste de guerras en otras partes del Imperio, mientras que casi la totalidad de los intereses del capital invertido en India se gasta fuera del país. La base estadística de este argumento es demasiado insegura como para depositar mucha confianza en ella: probablemente sea falso que el coste neto del gobierno británico sea mayor que la carga de los príncipes nativos a los que en gran medida [1] ha sustituido, aunque es ciertamente verdad que la extorsionante recaudación de impuestos bajo el dominio nativo se gastaba en el país en obras productivas o en servicios nativos improductivos. Si el creciente drenaje de trigo y otros productos alimenticios de India supera o no la ganancia obtenida gracias a la mejora del riego, y si la renta real del “ryot” u otro trabajador está aumentando o disminuyendo, no puede establecerse, por lo que al país entero se refiere, mediante ninguna medida exacta. Pero se admite en general, incluso por parte de funcionarios británicos muy favorables a nuestro mandato, que no hemos logrado proporcionar una prosperidad económica considerable a India. Cito de una fuente reciente muy favorable a nuestro mandato:
“La prueba de la prosperidad de un pueblo no es la expansión de las exportaciones, la multiplicación de las manufacturas u otras industrias, la construcción de ciudades. No.
Un país próspero es aquel en el que la gran masa de los habitantes es capaz de procurarse, con moderado esfuerzo, lo necesario para vivir vidas humanas, vidas de bienestar frugal y asegurado.
Juzgada por este criterio, ¿puede llamarse próspera a la India?