tiempos de paz a los colonos para que ingresen en una federación como la aquí esbozada, a menos que se les hubiera educado en el convencimiento de que con ello se favorecía su bienestar colonial individual. O bien hay que convencer a Australia y Canadá de que la defensa imperial de Australia o Canadá sobre la base actual es cada vez más inadecuada, y de que dicha defensa les es esencial, o bien deben ser compensadas por el gasto adicional que la federación implicaría mediante nuevas relaciones comerciales con el Reino Unido que les proporcionen un mercado más lucrativo del que poseen en la actualidad.
Ahora bien, la negativa de las colonias autónomas a considerar hasta el momento cualquier otra contribución a la defensa imperial que no sea una pequeña aportación voluntaria se ha basando en la convicción de que es poco probable que la independencia virtual que disfrutan bajo el amparo de la Gran Bretaña sea amenazada por alguna gran potencia, y que, incluso si lo fuera, aunque su comercio pudiera sufrir en el mar, serían capaces de prevenir o repeler una invasión mediante sus propios poderes internos de autodefensa.
Puede decirse que la única excepción a este cálculo confirma la regla. Si Canadá se viera envuelta en una guerra con su gran vecino republicano, es muy consciente de que, aunque la marina británica pudiera perjudicar el comercio y las ciudades costeras de los Estados Unidos, no podría evitar que Canadá fuera invadida por tropas estadounidenses y, en última instancia, subyugada.
Pero, al menos puede alegarse, se reconocerá la importancia de mantener una marina británica adecuada para proteger su comercio; las colonias percibirán que, ante la creciente riqueza y los preparativos navales de imperios rivales, en particular Alemania, Francia y los Estados Unidos, el Reino Unido no puede soportar la carga financiera del aumento necesario de barcos sin una ayuda colonial sustancial.