minucioso, como los chinos—, y cuando a ese conocimiento perfeccionado de las artes agrícolas se añada una perfección del trabajo cooperativo para aquellos procesos en los que este produce una verdadera economía, las posibilidades del cultivo intensivo serán virtualmente ilimitadas. Estas nuevas condiciones de una política nacional de agricultura son de por sí tan importantes como para hacer fácilmente concebible que una nación empeñada en aprovecharlas pudiera, durante mucho tiempo, revertir el funcionamiento de «la ley de los rendimientos decrecientes», extrayendo de sus propias tierras una provisión creciente de alimentos para satisfacer su crecimiento «natural» de población sin un incremento más que proporcional del trabajo dedicado a la agricultura.
Ante los experimentos recientes en agricultura intensiva y científica, y la sustitución práctica de la labranza sin cualificación por la jardinería experta, es imposible negar que tal triunfo de las leyes de la mente sobre las leyes de la materia sea probable en los pueblos más altamente inteligentes.
Ya se manifiestan por toda Gran Bretaña ciertos signos de una tendencia hacia la agricultura similar a la que tuvo lugar en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, y que condujo entonces a mejoras relativamente grandes en el cultivo de cosechas y la cría de ganado.
Si una moda pasajera y un interés lúdico por parte de una pequeña clase acomodada pudieron producir entonces lo que no se describe erróneamente como una «revolución agrícola», ¿qué no se podría lograr ahora con números, capital e inteligencia infinitamente mayores orientados en una política pública y que esgrimen el conocimiento acumulado de la ciencia moderna?
Muchas causas contribuyen conscientemente a un resurgimiento tan brillante de la agricultura británica.