II
A quienes lanzan el único grito de advertencia: «laissez faire, no intervengan, dejen que estas personas desarrollen sus recursos por sí mismas con la ayuda que soliciten o contraten, sin la perturbación del control inoportuno y arrogante de las naciones extranjeras», les basta como respuesta señalar la imposibilidad de mantener tal actitud.
Si los Gobiernos organizados de las Potencias civilizadas rehusaban la tarea, soltarían una horda de aventureros particulares, esclavistas, comerciantes piratas, buscadores de tesoros, traficantes de concesiones, quienes, animados por la mera codicia de oro o de poder, emprenderían la labor de explotación sin control público alguno y sin consideración hacia el futuro; estropeando las instituciones políticas, económicas y morales de los pueblos, inculcando vicios civilizados y enfermedades civilizadas, importando licores y armas de fuego como el comercio de aceptación más rápida, fomentando luchas intestinas para sus propios fines políticos e industriales, e incluso estableciendo despotismos privados sostenidos por fuerzas armadas organizadas.
Es innecesario remontarse a los tiempos filibusteros del siglo XVI, cuando un «nuevo mundo» fue abierto al saqueo del viejo, y caballeros particulares de España o Inglaterra competían con sus Gobiernos en el negocio de despojo más gigantesco que registra la historia.
La historia de Samoa, de Hawái y de una veintena de islas de los Mares del Sur en años bastante recientes demuestra que, en una época en la que todos los mares son una carretera, es imposible que la tierra más remota escape a la intrusión de naciones «civilizadas», representadas precisamente por sus especímenes más imprudentes y depravados, que gravitan hacia allí para cosechar los rápidos frutos del libertinaje.
El contacto con las razas blancas no puede evitarse, y es tanto más peligroso y nocivo en la medida en que carece de sanción y control