El imperialismo, y los recursos militares, diplomáticos y financieros que lo alimentan, se han convertido de tal modo en las consideraciones primordiales de los recientes Gobiernos que moldean y dirigen toda la política, dan sentido, color y carácter a la conducta de los asuntos públicos, y amedrentan con continuas sugerencias de ganancias y peligros desconocidos e incalculables los procesos más cercanos y sobrios de la política doméstica.
El efecto sobre el gobierno parlamentario ha sido grande, rápido y de palpable importancia, propiciando la merma del poder de las instituciones representativas.
En las elecciones ya no se invita al electorado a ejercer una opción libre, consciente y racional entre los representantes de diferentes políticas inteligibles; se le invita a respaldar, o a rechazar el respaldo a, una política imperial y exterior difícil, enrevesada y peligrosa, expresada comúnmente en unas pocas frases generales de buen son y respaldada por un llamamiento a la necesidad de solidaridad y continuidad en la conducta nacional —prácticamente un voto de confianza a ciegas.
En los debates de la Cámara de los Comunes, el poder de la Oposición para oponerse se ha visto seria y progresivamente mermado: * en parte debido a la alteración de los reglamentos de la Cámara, que han reducido el derecho a un debate exhaustivo de las medidas legislativas en sus diferentes fases, y mermado los privilegios de los Comunes, a saber, el derecho a debatir agravios sobre las mociones de suministro y a interpelar a los ministros acerca de la gestión de sus carteras; * en parte debido a una usurpación autoritaria por parte del Gobierno de los derechos y privilegios de los que antes disfrutaban los diputados rasos a la hora de proponer resoluciones y presentar proyectos