Estos son o fueron los lugares comunes de la economía del Libre Comercio, las lecciones más claras del sentido común ilustrado. ¿Por qué se han olvidado?
La respuesta es que el imperialismo repudía el libre comercio y se apoya en una base económica de proteccionismo. En la medida exacta en que un imperialista es lógico, se convierte en un proteccionista abierto y declarado.
Si el hecho de que Francia o Alemania se apoderen para su uso exclusivo de un mercado del que podríamos habernos adueñado reduce necesariamente nuestro comercio exterior total en la cuantía de este mercado, resulta lógico que, cuando nos apoderemos de un territorio, adoptemos los mismos medios para conservar su mercado para nosotros.
El imperialismo, una vez que se haya sacudido a la «vieja guardia» de políticos que habían tragado la doctrina del libre cambio en su juventud, adoptará abiertamente el proteccionismo necesario para redondear esta política.
El imperialismo se esfuerza naturalmente por asegurar para la metrópoli los mercados de cada nueva adquisición territorial, convencido de que solo mediante tales incrementos separados puede crecer el volumen total de nuestro comercio; y mediante el éxito de esta política debe justificar el enorme gasto nacional que el imperialismo conlleva. El librecambio confía el aumento de nuestro comercio exterior a la acción del propio interés de otras naciones comerciales. Su doctrina sostiene que, aunque sería mejor para nosotros y para ellas que nos concedieran libre acceso a sus mercados coloniales y nacionales, su arancel protector, aun cuando nos prohíba comerciar directamente con sus colonias, no nos excluye de todos los beneficios de su desarrollo colonial.