“En ninguna parte de China le sería posible a un hombre rico adueñarse de un manantial y conducir su agua a su estanque mediante desagües subterráneos, dejando secos los campos por debajo de los cuales pasa. El agua es tan indispensable para la vida como el aire y la tierra. Ningún individuo tiene el derecho de decir ‘Es mía, me pertenece’. Este sentimiento está muy arraigado en China”. [22]
Un consejo de familia, en parte electivo y en parte hereditario, resuelve la mayoría de los asuntos importantes, castiga los delitos, cobra los impuestos y arregla la división de bienes; el recurso a los procesos legales es raro, bastando por lo común la autoridad moral de la familia para preservar el orden.
Este factor moral es, en verdad, el gran principio vital de la vida china. No solo rige las relaciones económicas y presenta un sustituto para una política más amplia, sino que figura de manera prominente en la educación y en el sistema religioso o ético del pueblo.
«La vida le parece tan poco digno de ser vivida a un hombre proscrito de su familia y de su hogar, que hasta las sentencias de muerte se ejecutan por consentimiento» [23];
y donde el crecimiento de la población empuja a los miembros masculinos a buscar empleo en las ciudades, se conservan los vínculos familiares más estrechos. La reverencia por la historia familiar y por las obligaciones morales que esta conlleva constituye el núcleo de la cultura nacional y el gran estímulo para la educación individual y la ambición en la vida.
Sobre esta base se edifica una de las civilizaciones más extraordinarias que el mundo ha conocido, la cual difiere en asuntos muy vitales de la civilización de Occidente.