Nuestro análisis económico ha revelado el hecho de que solo los intereses de camarillas competidoras de hombres de negocios —inversionistas, contratistas, fabricantes exportadores y ciertas clases profesionales— son antagónicos; que estas camarillas, usurpando la autoridad y la voz del pueblo, utilizan los recursos públicos para impulsar sus negocios privados, y gastan la sangre y el dinero del pueblo en este vasto y desastroso juego militar, fingiendo antagonismos nacionales que no tienen base en la realidad.
No es del interés del pueblo británico, ni como productor de riqueza ni como contribuyente, arriesgar una guerra con Rusia y Francia con el fin de unirse a Japón para evitar que Rusia se apodere de Corea; pero puede servir a los intereses de un grupo de políticos comerciales promover esta peligrosa política.
La guerra de Sudáfrica, abiertamente fomentada por especuladores del oro para sus fines privados, figurará en la historia como un caso principal de esta usurpación del nacionalismo.
La guerra, sin embargo, representa no el éxito, sino el fracaso de esta política; su fruto normal y más peligroso no es la guerra, sino el militarismo.
Mientras se permita que esta expansión competitiva por territorios y mercados extranjeros se disfrace de «política nacional», el antagonismo de intereses parecerá real, y los pueblos deberán sudar, sangrar y esforzarse para mantener una maquinaria de guerra cada vez más costosa.
Si la lógica fuera aplicable en tales casos, la noción de que cuanto mayor es la preparación para la guerra menor es la probabilidad de que esta ocurra bien podría parecer una reductio ad absurdum del militarismo, al implicar, como lo hace, que la única forma de asegurar una paz mundial