Las tierras y poblaciones que hemos anexionado las gobernamos, en la medida en que las gobernamos, mediante métodos netamente autocráticos, administrados principalmente desde Downing Street, pero en parte desde centros de gobierno colonial, en los casos en que se ha permitido anexionar a colonias con autogobierno.
II
Ahora bien, esta gran expansión del despotismo político británico está cargada de reacciones sobre la política nacional que merecen la consideración más seria.
Una curiosa ceguera parece obsesionar la mente del británico culto promedio cuando se le pide que se imagine nuestro Imperio colonial. Casi instintivamente visualiza Canadá, Australasia y, solo muy recientemente, Sudáfrica; lo demás prácticamente lo ignora.
Sin embargo, el imperialismo que es nuestra principal preocupación, la expansión del último cuarto de siglo y la mayor expansión a la que podamos sentirnos tentados en un futuro próximo, no tiene nada en común con Canadá y Australasia, y muy poco con la «África del hombre blanco».
Cuando lord Rosebery pronunció sus famosas palabras sobre «un Imperio libre, tolerante y no agresivo», difícilmente podía tener en mente nuestras vastas usurpaciones recientes en África occidental y central, en el Sudán, en la frontera birmana o en Matabelelandia.
Pero la distinción entre el colonialismo genuino y el imperialismo, importante en sí misma, resulta vital cuando consideramos sus respectivas relaciones con la política nacional.
El colonialismo británico moderno no ha supuesto un lastre para nuestros recursos materiales y morales, porque ha propiciado la creación