carácter se expresan a través del trabajo. Hasta ahora, la absorción de una cantidad tan vasta de energía nacional en ocupaciones militares y, en tiempos más recientes, en faenas industriales rudas, ha frenado las formas superiores de autoexpresión nacional; al tiempo que la hostilidad permanente de las relaciones internacionales ha enfriado el trato superior y ha impedido que aquello que es verdaderamente grande y característico en las conquistas nacionales del arte, la literatura y el pensamiento penetre en otras naciones y, mediante sutiles procesos educativos, siente así las bases de un verdadero sentimiento de humanidad, fundamentado, como tales sentimientos deben estarlo, no en una vaga simpatía imaginativa, sino en la experiencia común de la vida y en un entendimiento común.
La pacífica relación entre las naciones no es, por tanto, meramente la condición, sino el poderoso estímulo de la energía y los logros nacionales en las artes superiores de la vida; pues la autoestimación del orgullo nacional nunca puede proporcionar un incentivo tan saludable ni un criterio tan sólido de la excelencia humana como el juicio imparcial de la humanidad civilizada, que ya no está deformado por los más bajos prejuicios patrióticos, sino que somete a prueba lo que se le presenta según la norma imparcial y universal de la humanidad.
Unos pocos hombres raros y excepcionales de genio en el arte y en la literatura, y algunos más en la ciencia y en la religión, han roto las barreras de la nacionalidad y se han convertido en fuerzas fecundadoras y humanizadoras en otras naciones —hombres tales como Jesús, Buda, Mahoma, Homero, Shakespeare, Platón, Aristóteles, Kant, Copérnico, Newton, Darwin. Un mayor número de grandes hombres ha ejercido alguna influencia real y duradera sobre el pequeño mundo de la ciencia y de las letras que en la Edad Media había alcanzado un internacionalismo perdido con el