secundario, y las formas más cruentas de esclavitud han desaparecido: algunos elementos de un gobierno más genuino y desinteresado sirven para matizar y enmascarar la naturaleza distintivamente parasitaria de esta última variante. Pero de la naturaleza nadie se burla: las leyes que, operativas en toda la naturaleza, condenan al parásito a la atrofia, la descomposición y la extinción final, no son eludidas por las naciones más que por los organismos individuales. La mayor complejidad del proceso moderno, el intento de escapar a la reacción parasitaria prestando servicios reales pero muy desiguales e inadecuados al «huésped», puede retrasar, mas no puede evitar definitivamente las consecuencias naturales de vivir a costa de los demás. La afirmación de que un Estado imperial que subyuga por la fuerza a otros pueblos y a sus tierras lo hace con el propósito de prestar a los conquistados servicios equivalentes a los que les exige es notoriamente falsa: ni pretende servicios equivalentes ni es capaz de prestarlos, y el pretexto de que tales beneficios para los gobernados constituyen un motivo principal o un resultado del imperialismo implica un grado de oblicuidad moral o intelectual tan grave que constituye en sí mismo un nuevo peligro para cualquier nación que fomente una noción tan falsa sobre la naturaleza de su conducta.» > «Que el motivo esté en la acción, no en el resultado», reza un proverbio
El imperialismo es una opción depravada de vida nacional, impuesta por intereses egoístas que apelan a las pasiones de la avidez cuantitativa y de la dominación enérgica que sobreviven en una nación desde los primeros siglos de lucha animal por la existencia. Su adopción como política implica la renuncia deliberada al cultivo de esas cualidades interiores superiores que, tanto para una nación como