recaen sobre las clases pudientes, no se produciría el resultado que hemos descrito. No hay, sin embargo, ninguna razón para anticipar este resultado a partir de medidas sindicales o socialistas. Aunque no existe un estímulo natural suficiente para obligar a las clases acomodadas a gastar en más lujos los ingresos excedentes que ahorran, todas las familias de la clase trabajadora están expuestas a poderosos estímulos de necesidades económicas, y un Estado gobernado razonablemente consideraría como su deber principal el alivio de la actual pobreza de la vida pública mediante nuevas formas de gasto socialmente útil.
Pero aquí no nos ocupamos de lo que pertenece a las cuestiones prácticas de la política económica y nacional. Es la teoría económica la que pretendemos que sea aceptada —una teoría que, de ser exacta, disipa la falsa ilusión de que la expansión del comercio exterior, y por consiguiente del imperio, es una necesidad de la vida nacional.
Considerado desde el punto de vista de la economía de la energía, el mismo