funcionamiento automático, bien reconocido, de la ley de oferta y demanda hace que sea seguro que los consumidores ingleses pagarían en precios incrementados un nuevo impuesto, parte del cual se entregaría a los colonos en pago por su nueva «lealtad», parte iría al erario británico y parte a sufragar los gastos de recaudación.
Ni es esto todo, o tal vez sea lo peor. Mediante este mismo método de estrechar nuestros vínculos con las colonias, tomamos el camino más seguro para incrementar el resentimiento de aquellas mismas naciones cuya rivalidad política y militar nos empuja a abandonar el libre comercio.
El vasto y creciente comercio que mantenemos con Francia, Alemania, Rusia y los Estados Unidos es la garantía de paz más potente de que disponemos. Si reducimos el volumen y el valor de nuestro comercio con estas naciones mediante el restablecimiento de un arancel erigido abiertamente con tal propósito, transformaríamos la sincera buena voluntad de los poderosos intereses financieros, mercantiles y manufactureros de estos países en una hostilidad activa y peligrosa.
Sería mucho peor para nosotros no haber sido nunca un país librecambista que recaer en un sistema proteccionista motivado por el deseo de debilitar nuestros lazos comerciales con las potencias políticas y comerciales cuya rivalidad más debemos temer.
Por las estadísticas de un capítulo anterior [28] se ha demostrado que no solo nuestro comercio con estas naciones extranjeras es muy superior al comercio con las colonias autónomas, sino que crece a un ritmo mayor. Ofender y enemistar a nuestros mejores clientes para conciliar a los peores es una mala economía y una política mucho peor.
Cabe esperar que los políticos más astutos de nuestras colonias le miren el diente a semejante caballo regalado.