Porque esta es la condición que Platón denomina «la mentira en el alma», una mentira que no se sabe a sí misma mentira.
Uno de los síntomas de este estado morboso es una fatal autocomplacencia. Cuando una nación ha sucumbido a él, rechaza con facilidad e instinto toda crítica a otras naciones por considerarla fruto de la envidia y la malicia, y toda crítica interna se atribuye al sesgo del antipatriotismo.
En las naciones más primitivas, las ansias de dominación y adquisición material que subyacen al imperialismo se expresan de forma libre e inconsciente: hay poca autocomplacencia porque hay poca autoconciencia. Pero las naciones que han desarrollado su autoconciencia tanto como las naciones de Europa occidental buscan estimular y alimentar sus instintos primarios mediante la reflexión consciente. De ahí el complejo tejido de defensas intelectuales y morales, la ética y la sociología del imperio que hemos examinado.
El agente rector y director de todo el proceso, como hemos visto, es la presión de los motivos financieros e industriales, movidos en aras de los intereses materiales directos y a corto plazo de pequeños, capaces y bien organizados grupos de una nación.
Estos grupos consiguen la cooperación activa de los estadistas y de las camarillas políticas que detentan el poder de los «partidos», en parte asociándolos directamente a sus negocios, en parte apelando a los instintos conservadores de los miembros de las clases propietarias, cuyos intereses adquiridos y cuyo dominio de clase se preservan mejor desviando las corrientes de energía política de la política nacional a la exterior.
La aquiescencia, e incluso el apoyo activo y entusiasta, del cuerpo de una nación a una línea política fatal para sus propios intereses verdaderos se logra en parte mediante llamamientos a la misión de la civilización, pero principalmente apelando a los instintos primitivos de la raza.