verdaderamente vitales y edificantes del pasado, establecer una visión «geocéntrica» del universo moral en la que los intereses de la humanidad se subordinan a los del «país» (y así, por una fácil, temprana y natural deducción, los del «país» a los del «yo»), alimentar el orgullo de raza, siempre desmedido, en una edad en la que suele imperar la autoconfianza, y, por implicación necesaria, menospreciar a otras naciones, iniciando así a los niños en el mundo con falsos baremos de valor y una animadversión a aprender de fuentes extranjeras; inculcar esta baja insularidad mental y moral a los niños pequeños de una nación y llamarlo patriotismo es el abuso más ruin de la educación que quepa concebir. Sin embargo, el poder de la Iglesia y del Estado sobre la educación primaria se está encauzando sistemáticamente hacia este fin, mientras que la mezcla de clericalismo y academicismo autocrático que domina la educación secundaria de este país vuelca su entusiasmo en el mismo cauce pernicioso. [70]
Finalmente, nuestros centros de la más alta cultura, las universidades, están en peligro de una nueva desviación del camino de la libre investigación y expresión, que es el verdadero camino de la vida intelectual. Una nueva especie de «fundador piadoso» amenaza la libertad intelectual.
Nuestros colegios universitarios ya no han de ser, en verdad, los defensores serviles de la ortodoxia religiosa, que reprimen la ciencia, distorsionan la historia y moldean la filosofía para conservar los intereses de la Iglesia y del Rey. Los estudios académicos y sus profesores han de emplear los mismos métodos, pero dirigidos a un fin distinto: la filosofía, las ciencias naturales, la historia, la economía y la sociología han de emplearse en erigir nuevas defensas contra el ataque de las masas desheredadas a los intereses creados de la plutocracia.