Esto llevaría la lógica del imperialismo muy cerca de su realización; sus tendencias inherentes y necesarias hacia la oligarquía desenfrenada en la política y el parasitismo en la industria se mostrarían claramente en la condición de las naciones «imperialistas».
La mayor parte de Europa occidental podría entonces asumir la apariencia y el carácter que ya exhiben extensiones de terreno en el sur de Inglaterra, en la Riviera y en las zonas turísticas o residenciales de Italia y Suiza: pequeños grupos de aristócratas ricos cobrando dividendos y pensiones del Lejano Oriente, con un grupo algo mayor de dependientes profesionales y comerciantes, y un gran cuerpo de criados personales y trabajadores del sector del transporte y de las fases finales de producción de los bienes más perecederos; todas las industrias troncales habrían desaparecido, y los alimentos básicos y manufacturas fluirían en forma de tributo desde Asia y África. [19]
Por supuesto, es vano suponer que la industrialización de China por métodos occidentales pueda lograrse sin un control político efectivo, y justamente en la medida en que Europa occidental se volviera económicamente dependiente de China, el mantenimiento de ese control imperial conjunto repercutiría en la política occidental, subordinando todos los movimientos de reforma nacional a la necesidad de mantener los imperios, y jaqueando a las fuerzas de la democracia mediante el uso hábil de una burocracia y un ejército altamente centralizados.
Es verdad que las cosas pueden marchar de otro modo en el Lejano Oriente. Es concebible, aunque difícilmente probable, que la propia China, bajo la presión de los acontecimientos, se convierta en un Imperio militar centralizado y, ya sea sola o con la ayuda del vecino cuyos intereses están más estrechamente ligados a los suyos, Japón, rechace de sus costas el poder de la civilización occidental. De nuevo, China, pasando más rápidamente que otras «razas inferiores» por el período de dependencia de la ciencia occidental y del capital