Una reacción contra el dogmatismo abrupto de esta postura ha llevado a muchos otros a una afirmación igualmente abrupta e igualmente dogmática de las leyes de las formas inferiores de lucha física y selección que explican o describen el progreso en los animales inferiores como suficientes para todos los propósitos de la sociología.
Los sociólogos se han mostrado en algunos casos ávidos por aceptar este punto de vista, y por aplicarlo para defender la necesidad, la utilidad y hasta la rectitud de mantener hasta el punto de la completa subjugación o exterminio la lucha física entre razas y tipos de civilización.
Al admitir que la eficiencia de una nación o de una raza requiere la suspensión de la guerra intestina, en todo caso á l’outrance, la lucha cruda en el plano más amplio debe mantenerse, según insisten.
Sirve, en verdad, para dos propósitos relacionados. Se exige una lucha constante con otras razas o naciones para el mantenimiento y el progreso de una raza o nación; atenuad la necesidad de la lucha y el vigor de la raza decayendo desfallece y perece.
Por lo tanto, es del interés real de una raza vigorosa ser «mantenida en un alto grado de eficiencia externa mediante la competencia, principalmente a través de la guerra con razas inferiores, y con razas iguales mediante la lucha por las rutas comerciales y por las fuentes de materias primas y de suministro de alimentos».
«Esta —añade el profesor Karl Pearson— es la perspectiva de la historia natural de la humanidad, y no creo que podáis subvertir sus rasgos principales». [42]
Otros, adoptando el punto de vista cósmico más amplio, insisten en que el progreso de la humanidad misma requiere el mantenimiento de una lucha selectiva y destructiva entre razas que encarnan diferentes poderes y capacidades, diferentes tipos de civilización.