formal a cenar; y habiéndolo encontrado en esa ocasión el señor Musgrove con unos grandes libros delante, el señor y la señora Musgrove estaban seguros de que algo andaba mal, y hablaban, con rostros graves, de que iba a matarse estudiando. Era la esperanza y la creencia de Mary que él hubiera recibido un rechazo definitivo de Henrietta, y su marido vivía con la expectativa constante de verlo al día siguiente. Anne solo podía pensar que Charles Hayter era prudente.
Una mañana, por entonces, habiendo salido Charles Musgrove y el capitán Wentworth a cazar juntos, mientras las hermanas de la Cabaña estaban sentadas tranquilamente cosiendo, recibieron la visita en la ventana de las hermanas de la Mansión.
Era un día de noviembre muy hermoso, y las señoritas Musgrove atravesaron el jardincillo y se detuvieron con el único propósito de decir que iban a dar un largo paseo y que, por lo tanto, daban por sentado que a Mary no le apetecería ir con ellas; y cuando Mary respondió de inmediato, con cierta animadversión por no ser considerada una buena caminante: «Oh, sí, me gustaría mucho acompañarlas, me encantan las caminatas largas»; Anne se convenció, por las miradas de las dos muchachas, de que era precisamente lo que no deseaban, y volvió a admirar esa especie de necesidad que imponían las costumbres de la familia de que todo tuviera que comunicarse y todo tuviera que hacerse en común, por muy indeseado e inconveniente que resultara.
Intentó disuadir a Mary de que fuera, pero en vano; y, siendo ese el caso, pensó que lo mejor era aceptar la invitación mucho más cordial que las señoritas Musgrove le hacían a ella misma para que fuera también, ya que podía ser útil al volverse atrás con su hermana y disminuir así las interferencias en cualquier plan que aquellas tuvieran.
“No puedo imaginar por qué habrían de suponer que no me gusta una larga caminata”, dijo Mary mientras subía las escaleras.