y Wentworth. La aparición de este último no podía ser más que la sorpresa del momento. Le era imposible no haber presentido que aquella llegada de sus amigos comunes no tardaría en reunirlos de nuevo. Su último encuentro había sido sumamente importante para abrirle sus sentimientos; ella había extraído de él una deliciosa convicción; pero temía por sus miradas que la misma desafortunada idea que lo había alejado apresuradamente de la Sala de Conciertos siguiera imperando. No parecía tener intención de acercarse lo suficiente como para conversar.
Intentó mantener la calma, dejar que las cosas siguieran su curso y aferrarse al razonamiento de la dependencia mutua: «Sin duda, si existe un afecto constante por ambas partes, nuestros corazones terminarán por entenderse más pronto que tarde. No somos unos niños que se dejan llevar por la irritabilidad caprichosa, engañados por el descuido de un momento y jugando caprichosamente con nuestra propia felicidad». Y, sin embargo, pocos minutos después, sentía que coincidir el uno con la única presencia del otro, dadas las circunstancias actuales, solo podía exponerlos a descuidos y malentendidos de la índole más perjudicial.