habituales costumbres de atención y ayuda, y cuando Charles las dejó solas, se puso a escuchar el relato de la señora Musgrove sobre Louisa y el de Henrietta sobre sí misma, a dar opiniones sobre asuntos prácticos y recomendaciones de tiendas; con intervalos de toda la ayuda que Mary requería, desde cambiarle la cinta de sitio hasta poner en orden sus cuentas; desde encontrarle las llaves y clasificarle las alhajas, hasta intentar convencerla de que nadie la trataba mal; cosa que Mary, por muy entretenida que estuviera por lo general en su puesto junto a la ventana que daba a la entrada de la Pump Room, no podía evitar imaginar a ratos.
Una mañana de absoluta confusión era de esperar. Un grupo numeroso en un hotel garantizaba un escenario animado y cambiante. Unos cinco minutos traían una nota, los siguientes un paquete; y Anne no llevaba allí ni media hora, cuando su comedor, por espacioso que fuera, parecía más de la mitad ocupado: un grupo de fieles y viejos amigos estaba sentado alrededor de la señora Musgrove, y Charles regresó con los capitanes Harville