Se sentó con ellos y mejoró notablemente su conversación. No cabía duda de que era un hombre sensato. Diez minutos bastaban para certificarlo. Su tono, sus expresiones, su elección de temas, el saber cuándo detenerse; todo era obra de una mente sensata y perspicaz.
En cuanto pudo, empezó a hablarle de Lyme, con ganas de comparar opiniones sobre el lugar, pero sobre todo con el deseo de mencionar la circunstancia de haber coincidido como huéspedes en la misma posada al mismo tiempo; de dar su propia ruta, averiguar algo de la de ella y lamentar haber perdido semejante oportunidad de presentarle sus respetos.
Ella le dio un breve relato de su grupo y de sus asuntos en Lyme. Su pesar aumentó al escucharla. Había pasado toda su velada solitaria en la habitación contigua a la de ellos; había oído voces, risas continuas; había pensado que debían de ser un grupo de gente encantadora, había deseado estar con ellos, pero desde luego sin la menor sospecha de poseer la más mínima sombra de derecho para presentarse.
¡Si tan solo hubiera preguntado quiénes eran los componentes del grupo! El apellido Musgrove le habría dicho lo suficiente.
«Bueno, aquello le serviría para curarse de la absurda costumbre de no hacer nunca una pregunta en una posada, que había adoptado, cuando era muy joven, basándose en el principio de que ser curioso era de mala educación».