Pero aún no se había acabado con el Sr. Elliot. La señora Smith se había desviado de su rumbo inicial, y Anne había olvidado, debido al interés por los asuntos de su propia familia, cuánto se había insinuado en su contra al principio; pero su atención fue llamada ahora a la explicación de aquellos primeros indicios, y escuchó un relato que, si bien no justificaba por completo la amargura sin reservas de la señora Smith, demostraba que había sido muy insensible en su trato hacia ella, y muy deficiente tanto en justicia como en compasión.
Supo que (continuando la intimidad entre ellos sin alterarse por el matrimonio del Sr. Elliot) habían estado siempre juntos como antes, y el Sr. Elliot había arrastrado a su amigo a gastos muy superiores a su fortuna. La Sra. Smith no quería culparse a sí misma, y era muy reacia a echarle la culpa a su marido; pero Anne pudo deducir que los ingresos de ambos nunca habían estado a la altura de su tren de vida, y que desde el principio había habido una gran dosis de extravagancia común y compartida. Por el relato que su esposa hacía de él, pudo advertir que el Sr. Smith había sido un hombre de sentimientos cálidos, carácter relajado, hábitos descuidados y escaso entendimiento, mucho más amable que su amigo y muy diferente a él, manejado por él y probablemente menospreciado por él. El Sr. Elliot, elevado por su matrimonio a la gran opulencia, y dispuesto a cualquier satisfacción de placer y vanidad que pudiera conseguirse sin comprometerse a sí mismo (pues con toda su autocomplacencia se había vuelto un hombre prudente), y empezando a ser rico justo cuando su amigo debía de haber notado que era pobre, parecía no haber tenido la