Desde este momento, el capitán Wentworth y Anne Elliot coincidieron repetidamente en el mismo círculo. Pronto estuvieron cenando juntos en casa del señor Musgrove, pues el estado del pequeño ya no podía proporcionarle a su tía un pretexto para ausentarse; y esto fue solo el principio de otras cenas y otros encuentros.
Si los sentimientos del pasado debían renovarse o no, era algo que debía comprobarse; los tiempos pasados debían sin duda ser traídos a la memoria de ambos; era inevitable que volvieran a ellos; el año de su compromiso no podía dejar de ser mencionado por él, en los pequeños relatos o descripciones que la conversación suscitaba.
Su profesión lo capacitaba, su carácter lo inclinaba, a hablar; y «Eso fue en el año seis»; «Eso sucedió antes de que me fuera al mar en el año seis», surgieron en el transcurso de la primera velada que pasaron juntos: y aunque su voz no tembló, y aunque ella no tenía motivos para suponer que su mirada se desviaba hacia ella mientras hablaba, Anne sintió la absoluta imposibilidad, por lo que conocía de su mente, de que los recuerdos dejaran de visitarlo a él tanto como a ella. Debía existir la misma asociación inmediata de pensamiento, aunque ella distaba mucho de suponer que fuera de igual dolor.
No conversaban entre sí, ni se relacionaban más que lo exigido por la cortesía más elemental. ¡Habiendo sido tanto el uno para el otro! ¡Ahora, nada! Hubo un tiempo en que, de todo el numeroso grupo que ahora llenaba el salón de Uppercross, a ellos les habría resultado más difícil dejar de hablarse. A excepción, tal vez, del almirante y la señora Croft, que