En la mañana fijada para que el almirante y la señora Croft visitaran Kellynch Hall, a Anne le pareció de lo más natural dar su paseo casi diario a casa de lady Russell y mantenerse alejada hasta que todo hubiera terminado; momento en el que le pareció de lo más natural lamentar haber perdido la oportunidad de verlos.
Esta entrevista entre ambas partes resultó sumamente satisfactoria y zanjó todo el asunto de golpe. Cada señora estaba de antemano bien dispuesta a llegar a un acuerdo, por lo que no vio en la otra sino buenos modales; y, en cuanto a los caballeros, reinaba una cordial jovialidad tan grande, y por parte del Almirante una franqueza tan abierta y confiada, que no pudo menos de influir en Sir Walter, a quien, además, las afirmaciones del señor Shepherd de que el Almirante lo conocía de oídas como a un modelo de buena educación habían halagado hasta hacerle adoptar su mejor y más pulido comportamiento.
La casa, los terrenos y los muebles fueron aprobados, los Croft fueron aprobados, las condiciones, los plazos, todo y todos estaban bien; y los dependientes del señor Shepherd se pusieron manos a la obra, sin que hubiera habido una sola diferencia preliminar que matizar de todo aquello que «esta escritura muestra».
Sir Walter, sin dudarlo, declaró que el Almirante era el marino de mejor parecer que jamás había conocido, y llegó a decir que, si su propio criado hubiera podido peinarlo, no se avergonzaría de que lo vieran con él en ninguna parte; y el Almirante, con simpática cordialidad, le comentó a su mujer mientras regresaban por el parque: «Pensé que pronto llegaríamos a un acuerdo, querida, a pesar de lo que nos dijeron en Taunton. El baronet jamás descubrirá la pólvora, pero no parece haber malicia en él».