Su ojo celoso quedó satisfecho en un aspecto. El capitán Wentworth fue reconocido de nuevo por cada uno de ellos, por Elizabeth de manera más graciosa que antes. Incluso le dirigió la palabra una vez y lo miró más de una vez.
Elizabeth estaba, de hecho, sopesando un gran plan. La continuación lo explicó. Tras perder unos minutos en decir las banalidades de rigor, comenzó a formular la invitación que iba a saldar las deudas restantes con los Musgrove.
«Mañana por la noche, para reunir a unos pocos amigos: nada de una reunión formal».
Todo se dijo con mucha gracia, y las tarjetitas de visita de las que se había provisto, las de «Miss Elliot en casa», quedaron sobre la mesa, con una sonrisa cortés y general para todos, y una sonrisa y una tarjeta más dirigidas de manera muy decidida al capitán Wentworth.
La verdad era que Elizabeth llevaba el tiempo suficiente en Bath como para comprender la importancia de un hombre con el talante y el aspecto del capitán. El pasado no importaba. Lo que importaba en el presente era que el capitán Wentworth se movería con soltura en su salón.
La tarjeta fue entregada de forma muy señalada, y Sir Walter y Elizabeth se levantaron y desaparecieron.
La interrupción había sido breve, aunque severa, y la soltura y la animación volvieron a la mayoría de los que habían dejado atrás al cerrarse la puerta tras ellos, pero no a Anne.